El hombre que subió 61 veces el Aconcagua y sigue buscando nuevas cumbres

Horacio Cunietti es uno de los montañistas más destacados de Argentina. Tiene una amplia trayectoria en Mendoza, Argentina y también ha experimentado el rigor del Himalaya. En esta entrevista hablamos de la vida, que para él, es sinónimo de montaña.

Los deportistas destacados siempre fueron considerados héroes en las sociedades donde se desarrollaron. En este lado del mundo, los héroes suelen ser futbolistas, tenistas,  basquetbolistas, o rugbiers – entro otros- ; ellos suelen acaparar la calificación de “deportista de elite” o los espacios principales de los medios masivos.  Los montañistas no suelen estar dentro de esta grilla; pero deberían.

La montaña exige un rendimiento fuera de lo normal, simplemente por su desnivel y falta de oxígeno a medida que se avanza hacia la cumbre, requiere de estrategia, disciplina, de un cuerpo y una mente cuidadosamente entrenados, de una alimentación específica y de un valor casi extremo, porque, básicamente, la muerte los acecha en cada paso.

Así,  con poco dinero para realizar sus proezas y sin tanta parafernalia, andan nuestros montañistas de elite, así anda Horacio Cunietti. Pero lo que le sobra es  vida, logros deportivos, esfuerzo,  renunciamientos, compromiso, ejemplo, entrega, y también, como él lo dirá en la entrevista, algo de egoísmo.

Cunietti tiene 61 cumbres en el Aconcagua,  algo así como subir y bajar una escalera de 38.700 escalones 61 veces –sin considerar condiciones climáticas ni geográficas-, un dato para que los simples peatones entendamos de que se trata. Además coronó el Everest y el El monte Denali, anteriormente denominado McKinley, en Alaska, entre otras tantas cosas.

Este profesor de educación física y guía de montaña, también es esposo, padre y docente.  Esto implica ser una especie de equilibrista que hace malabares entre el amor por la montaña, la familia, y el sustento diario. Porque, sepámoslo, los montañistas en Argentina reciben poco o ningún apoyo estatal o privado.

“Como la primera vez no existe otra”

Su primera cumbre fue en 1986, acompañando a una maestra española que conoció en el cerro, “ella buscaba quién la acompañara, accedí porque compartíamos equipo, lo que yo tenía era muy básico” recuerda.  Esa cumbre “fue una felicidad enorme, como la primera vez no existe otra. He subido más de 60 veces y he tenido momentos muy felices como cuando salí de escalar la pared Sur. O como cuando hice cumbre en las (expediciones) invernales. Me puedo olvidar de muchas cosas, pero no de ese día y ese momento”.

Expedición Aconcagua invernal. La temperatura puede llegar a - 60

 

“Lo mío es hereditario. Tengo sangre del Piamonte”

“Mis abuelos, tíos, primos y mi padre fueron amantes de la montaña de una forma u otra. Mi familia lo experimentó en todas las formas, he tenido primos de mucha trayectoria, mi primo Sergio Buglio, mi primer maestro de escalada,  fue el primero en subir el filo sudoeste del Aconcagua; es la ruta de la Pirámide. Cuando yo tenía 10 años ellos tenían 15 o 20 y yo los admiraba y quería seguirle los pasos.  Mi padre también llevaba la montaña en el corazón, el era aviador” recuerda. Luego la familia que formará en la adultez también está ligada a la montaña, sus compañeras de vida han sido también andinistas. Actualmente vive junto a la destacada montañista “Popi” Spagnuoli.

“A mis hijos les digo que hay que ser feliz antes que nada”

La pregunta apunta a saber cómo se conjugan los record en la montaña con la vida familiar. Cunietti fue padre a los 24 años, tiene 4 hijos -entre los 25 y 6 años-, y compañeras de vida en diferentes etapas. La respuesta es sin rodeos:

“No es fácil aunar todo eso. Es una profesión apasionante, he viajado mucho, le he dedicado mucho tiempo, es algo de mucho riesgo, y  he tomado decisiones muy fuertes.  Mi primera hija la tuve a los 24 años; ya en esa época me sometía a decisiones que debía congeniar con la familia. La familia requiere mucho tiempo, no ha sido fácil, siempre ha sido una negociación, reconozco que en esa negociación he sido muy egoísta, y también en algunos casos he cedido, y he abandonado proyectos por la familia”.

“Una de las decisiones más fuerte que tomé  fue cuando fui a la pared Sur del Aconcagua. Una escalada en la cual hay un promedio de fracaso y muerte del 50%, sabés que tenés la espada de Damocles arriba.  Caen avalanchas, hay cosas que se te escapan de las manos por más que estés bien entrenado;  y yo entré a jugar esa ruleta rusa con 3 hijos, tenía 35 años, y fue una decisión muy fuerte”.

“Hoy, cuando recuerdo y  pienso de donde me agarré para decidir eso, me acuerdo que mi consigna era enseñarle a mis hijos que en la vida había que hacer lo que a uno le gustaba, ser feliz antes que nada. Años más tarde, conversando con mi hija ella me decía “si vos te hubieras muerto allí, no lo hubiera entendido”, sin embargo sigo sosteniendo que uno tiene que poner  en la balanza la decisión de ser feliz, porque si uno posterga por la familia u otros motivos, se transforma en un amargado, en un frustrado,porque va postergando  sueños. Los hijos siempre van a querer tenerte, pero también te quieren ver feliz y realizado”.

“Con  Juan Benegas (montañista argentino) decíamos que este es un deporte en el cual si vamos a dejar la vida, la vamos a dejar en serio. Y  sólo los que soñamos lo mismo lo podemos entender, pero no sé si su madre, o mi madre van a entender alguna vez ese concepto. No sé si mis hijos. Es delicado”.

“Hay un Everest antes y después de subir la montaña”

“Tenía un proyecto de hacer el Everest sin oxígeno; pero a partir de los 8000 metros para el día de cumbre,  decidí seguir el consejo de Fernando Grajales (hijo). “Si alguna vez vas al Everest tirá la cumbre con oxígeno, porque por las condiciones económicas no vas a tener muchas otras oportunidades” me dijo.  Ir al Everest es una expedición que ronda entre 40 mil y 50 mil dólares. Hay un Everest antes y después de subir la montaña, una cumbre es conseguir los fondos ya sean propios o con sponsor. En mi caso no iba a tener muchas otras oportunidades, por eso a partir de los 8 mil metros lo usé (al oxígeno) bien económico, copiando a los sherpas, poniéndolo a un punto y medio y eso me daba la oportunidad de hacer cumbre”.

Una de las tantas cumbres en Aconcagua

“Al estar tan alto, tu sangre es muy pastosa,  a eso se suma la deshidratación, porque ahí es muy difícil consumir líquido, y  a la sangre se le hace difícil circular. Esos - 24  de la cumbre en el Everest son equivalentes a -60 en Aconcagua. Cuando cerras el oxigeno te das cuenta como se te congelan las extremidades,  y la única forma de contrarrestarlo es moviéndote. Si querés intentar sin oxígeno tenés que moverte todo el tiempo, prácticamente no podés parar porque te congelás”.

El guía siempre debe tener un as bajo la manga”

“Como profesor de educación física me he concentrado en un entrenamiento para montañeses, no lo hago comercialmente, pero eso también a mi me sirve, yo toda la vida me he entrenado, y es imprescindible para un guía de montaña. El guía siempre debe tener un as bajo la manga, tiene que tener varios recursos. Y a medida que pasa el tiempo hay que entrenar más, no es lo mismo a los 20 que a los 30, y ahora, a los 50, tengo que entrenar más para estar a la altura de las circunstancias”.

“Actualmente por la familia y por mis actividades como docente estoy guiando especialmente en verano”.

El paso del tiempo

“Yo hice atletismo, competí a los  15 años, y me fue muy bien, gané medallas, y ese ego  fuerte me sirvió para ser montañista,  para plantearme desafíos. Y luego, después de los 40 vi como la fuerza va diezmando, escalaba ciertos grados de escalada y luego te das cuenta que cuesta mucho”.

“Pero es la vida, y el montañismo también te permite esas reflexiones, y te encontrás con vos mismo, y sabés que sos muy pequeño y que por más ego que tengas sabés que en la montaña sos nada. Que sos un grano de tierra en esa inmensidad, pero que también ese grano compone el todo. Tenemos una razón de ser, difícil de comprender, y la muerte es parte de ese proceso. Para mí ha sido muy importante tener hijos, personalmente se cierra el  sentido del todo con los hijos”.